martes, 22 de enero de 2013

A ustedes les digo...


¡Hijueputas!

Se los vuelvo a repetir y en mayúsculas para que no crean que no es con ustedes.

¡HIJUEPUTAS!

Sí. Todos ustedes que andan por la vida olvidando nombres. Ustedes, quienes no les importa recordar. Por último usen los clásicos "amigo", "loco", "pana" o "compadre". Sí, ustedes son algo meritorio de analizar. Analizar y condenar porque es un verdadero crimen el deformar al lenguaje más hermoso del planeta tan solo porque ustedes no pueden decir “Pedro Ramirez”, “Fernanda Pérez” o “Larry Capija”.

Es peor aun cuando lo recuerdan, pero deciden no utilizarlo. A ustedes no les importa que  los taitas del individuo se hayan tardado 9 meses en ponerle un nombre. Y el decirlo no es ningún sinónimo de compadrazgo ni se ven más “cool”. Sépanlo.

Puede que esté exagerando, pero es lo único que me provoca contestarles sin importar que sean amigos de la infancia, conocidos, extraños o familiares.

¿Quieren verme en mal plan? Díganme otra vez “mijín”.

Hijueputas…

jueves, 17 de enero de 2013

Cocina Ecuatoriana: Luchando contra el tiempo y el conformismo


Curios que jamás escribí nada relacionado a la comida, más allá de estandarizar recetas y costear uno que otro menú. Hoy que me encuentro fuera del territorio patrio, habiendo experimentado una cocina totalmente ajena a mi cultura, he podido encontrar puntos de contraste y sobre todo, reflexiones en cuanto a la cultura gastronómica del ecuatoriano.

Este texto no pretende alabar la cocina nacional. Para eso están los noticieros de farándula, Mariaca y el ministerio de turismo. Yo les vengo a hablar de algo más real. De algo que más allá de preocuparme, me entristece. Les hablo del olvido. Y no solo como una consecuencia de la industrialización como respuesta a la transición urbana, sino como el, y vale ponerlo en mayúsculas, VALEVERGUISMO de la presente generación. Sencillamente, no nos importa aprender el proceso para un seco de chivo. Pensar en lavar el mondongo de una res nos da asco. Inclusive el hecho de ir al mercado por un buen filete de corvina lo vemos como una odisea. Pero somos los primeros en gritar la mañana de un domingo “¡Me muero por un ceviche!” o una fría tarde quiteña “¡Que ganas de unas chugchucaras!”.

¿Para qué aprender algo que puedo pagarlo? Muy buena pregunta. La respuesta vendrá de poco a poco. Mi generación, es decir los nacidos hasta los noventas, fuimos una generación con mucha suerte en el ámbito gastronómico. En el resto de “ámbitos” nos fue como el perro (por no decir como la verga), pero refiriéndonos al asunto alimenticio nos fue bastante bien. Somos la última generación que va a comer fanesca en casa de la abuela. Somos la última generación que tomará colada morada fabricada por toda la familia. Nosotros aún podemos ir a nuestros abuelos a preguntar la receta de tal o cual plato y ellos nos la recitarán con la facilidad con la que el cura da misa, el profesor da cátedra o el presidente da lata. Los que vengan luego de nosotros (por nuestra culpa) tendrán que buscar estos platos no en casa de sus abuelos sino en restaurantes o huecas. Punto. Y todos sabemos que como la comida de la abuela de uno, no hay.
Y hablo de las abuelas porque nuestros abuelos se dedicaban a trabajar y a beber. Punto. Las abuelas, las mujeres de nuestro país son las guardianas de las recetas que ahora conforman “la cocina típica” ecuatoriana. Si a ellas les hubiera dado lo mismo, hoy solo tendríamos la cultura alcohólica que heredamos de nuestros viejos. Buen trago y punto. ¿Imaginan una cerveza sin ceviche? ¿Una noche de farra sin agachaditos? ¿Un chuchaqui sin encebollado? ¿Un maito sin chicha? Dificil. Dificil y feo. Como un café sin tabaco. Como un whisky sin hielo. Como Holmes sin Watson. Como un polvo sin amor. Se puede y se disfruta, pero para que la experiencia esté completa, deben ir uno de la mano del otro.

Yo podré cocinar para los hijos y los nietos que aun no tengo, porque es mi profesión. Pero para un triste abogado, una silvestre economista, un arquitecto o un ingeniero, estos placeres (que muchas veces son pesadillas también) solo serán cosas “del pasado”. Yo amo mi cocina, mi comida típica. No por un patriotismo de esos que más allá de enorgullecer a un pueblo lo vuelven irremediablemente amargo. La amo porque crecí con ella. Con sus diferentes sabores. Con sus texturas. Con su infinidad de productos. Con sus porciones extremadamente exageradas. Con su falta de higiene en la preparación. Con sus intérpretes que para saber si estaba listo o no, metían la misma cuchara chupada 10 veces en la olla. Con sus huecas construidas con caña, o ladrillos robados de la construcción vecina.

La manera en que se cocina está cambiando en Ecuador. Pueden darle las gracias al Carlos Gallardo por la titánica labor que realiza con el rescate de los sabores del Ecuador. Yo por mi parte le agradezco a Esteban Tapia, un gran maestro de la cocina y de la vida. A Pablo Cruz, profesor y cocinero de primera. A Marco Pierre White, que a través de sus libros me incentiva a seguir para adelante. A Sarah Mills, la primera cocinera inglesa que tiene una sonrisa las 24 horas del día. Y al Diablo, que formó gran parte de mi carácter como cocinero. No es satanás, su nombre es Matt el’Diablo, y es el Chef de cabeza del lugar donde trabajo desde hace 8 meses. Aunque a veces sí puede ser realmente el demonio.

Volviendo al tema, no porque un producto sea “made in Ecuador” debemos consumirlo por patriotismo. Estoy totalmente en contra de esa estúpida ideología. Debemos consumir un producto porque es bueno, sin importar de donde venga. Hace poco leía que se debe dejar de juzgar al cine ecuatoriano como cine ecuatoriano y empezar a juzgarlo como cine. Punto. Lo mismo va para la cocina nacional. Dejemos de juzgarla dentro del ámbito “comida típica” y juzguémosla como lo que es: comida. Punto. Trabajemos en ella. Volvámosla internacional. Dejemos de poner “el Chimborazo” de arroz para acompañar una triste pierna de pollo. Dejemos la guarnición de pan y papas si el plato ya tiene fideos o arroz. Llevémosla a recorrer el mundo. Tenemos puntos muy fuertes dentro de la comida nacional, y mucho camino por delante. Si queremos que un plato ecuatoriano sea mundial, primero hagámoslo bien. Sino, mejor sigamos comiendo guatita en un sitio horrendo con probabilidad de contraer una intoxicación por alimentos. Y recemos porque los turistas quieran probar lo mismo.

Yo quiero ver restaurantes de cocina ecuatoriana en otros países, con igual o mejor calidad que los restaurantes de especialidades de aquellos países que se encuentran en Ecuador. Depende de nosotros dentro de 10 años seguir encontrando “huecas de comida típica” o restaurantes de comida ecuatoriana en otros rincones del planeta.

Si un puto “fish n’ chips” puede conquistar países como Australia, Inglaterra o Estados Unidos, mucha más oportunidad tiene de triunfar una cazuela manaba de pescado. Garantizado.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Navidad en UIO


El hogar del habitante de la ciudad de Quito, en el mes de diciembre, cambia su look tradicional (sea cual fuere el mismo) por uno más apropiado a las fechas venideras. Se quita la bandera del real madrid y la de la “franciscana” ciudad de Quito, junto con la bota que guarda los restos del vino no bebido en la Tomás de Berlanga y el sombrero heredado del abuelo. Todos estos adornos van de vuelta al closet, de donde emergen adornos más “romano-escandinavos”. En pocas, guardan el kit “plaza de toros” y sacan el árbol de navidad y el pesebre.

Del árbol de navidad no hay mucho que decir más allá de que no es un pino sino un ciprés de precio regateado en los parqueaderos del parque de la carolina, o uno de plástico comprado en tiendas de estilo SUKASA o ferrisariato. Estudios indican que el regateo es una técnica inútil en los segundos.

Al mismo se lo coloca en la parte más vistosa de la sala, o en aquella esquina que aun conserva la mancha negra que dejó el mini incendio provocado por el tío alcohólico hace 2 fiestas de Quito. Usualmente lleva luces de color amarillo (las cuales son desatadas por los integrantes más jóvenes de la familia, ya que la matriarca no quiere arruinarse el manicure) y que van bien con el color blanco-hueso de las paredes. Estas mismas luces vienen con un parlante que toca las canciones más representativas de la navidad en el tono musical más insoportable que los fabricantes pudieron encontrar. Parlante, cabe destacar, que funcionará a pesar de que noventa y nueve de las cien putas lucecitas no funcionen. Se lo decora con bombillos hechos del mismo material del que están hechos los recuerdos felices de un amnésico, y se lo corona con una estrella (generalmente dorada) de seis puntas en el caso de los católicos, de cinco e invertida en el caso de los satánicos, o de tres en el caso de los que tiene un mercedes-benz.

El nacimiento o pesebre, es una representación en miniatura del nacimiento de Jesús en Belén, y por lo tanto lleva todos los elementos de tal evento. Tradicionalmente se lo revestía de musgo natural, pero desde que su uso fue prohibido en el año 2004 debido a razones ecológicas (así como el uso de la hoja de palma en semana santa o del cerebro en época de elecciones) se lo realiza con los pedazos pintados de los periódicos que rompe el presidente en sus sabatinas, o en su defecto con materiales sintéticos. Todo pesebre quiteño que se respete deberá tener las figuras de José con la barba de Tom Hanks en Naufrago y la de María con túnica color “celeste azulejo de piscina pública” y mirada perdida en el cielo. Así mismo, Jesús más conocido en la fauna de la capital como “el niñito dios” tendrá ojos azules, cabello rubio, un pañal blanco (por eso de la censura católica) y se encontrará en la mitad de la Meri y el Pepe. Detrás de ellos, respectivamente, estarán dos figuras de animales. No me refiero a Fabián Alarcón y a Osvaldo Hurtado, sino al asno y al buey. Luego tenemos a los reyes magos quienes son ubicados en fila india y van a pie a llevarle regalos a Yisus. Se los solía ver montados en sus camellos, pero por eso de la crisis ahora usan el trolebús o van a pie. A pesar que en ninguna parte de la biblia se indican sus nombres, ni que fuesen reyes, ni que fueran tres, usualmente se los conoce como Melchor, Gaspar y Baltazar. Para completar el nacimiento se hace el clásico “lago de los cisnes” con un pedazo de espejo o un trozo del papel aluminio en el cual estaba envuelto el pedazo de pizza que sobró del martes.

El resto de la casa se la revestirá de verde y rojo, y Kiko Gutierrez creerá que es apoyo para Sociedad Patriótica.

La novena se reza rápidamente para poder comentar los acontecimientos de la última novela brasileña de Ecuavisa (porque siempre hay una). Los centros comerciales se vuelven expendios de paz espiritual a 12 meses sin intereses, y de tranquilidad de conciencia con 2 meses de gracia. De repente, la mayor fiesta católica del mundo se transforma en la mayor transacción monetaria de las jugueterías y el mensaje del mesías se va un poco a la mierda.

La noche del 24 de diciembre es la más larga para los guaguas quiteños que nacieron con estrella sobre su cabeza, y una más de muchas noches frías para los que la única luz que los ilumina es la de un semáforo. Esa misma noche en la que la ciudad huele a pavo horneado y a ciprés muerto, los padres sacan los regalos que los tendrán endeudados durante el primer semestre del siguiente año y los colocan bajo el cadáver del árbol de la sala.

Al día siguiente se abren los regalos, se come el recalentado del infeliz pavo y se ve “La Pasión de Cristo” por décima quinta vez.

Y finalmente llega mi día favorito de diciembre, es decir el 26. Día en que finalmente puedo decir “A la mierda los pastores, se …” (Yo sé que ustedes en sus mentes la completaron, y también se alegraron).

martes, 27 de noviembre de 2012

Cartas desde Australia


Carta #1

Hace mucho tiempo que no escribo nada. Quisiera decir que “nada” ha sucedido en los últimos meses, y atribuirle mi falta de inspiración a esa palabra, pero estaría mintiendo pues “nada” solo les pasa a las mujeres cabreadas con el esposo y a los impotentes antes de la faena.

Sería más sincero el decir que han sucedido muchas cosas que por la falta de tiempo y el exceso de licor, se han quedado atrapadas en la mente de este servidor sin encontrar las palabras adecuadas para ser plasmadas en un texto coherente. Y cabe destacar que este no lo es.

Quisiera hablar de todas esas cosas que han sucedido pero no tengo suficientes minutos en la noche, por lo que me limitaré a un par de cuestiones que me han venido dando vueltas en la cabeza últimamente, fruto de las pocas neuronas que el buen licor a indultado en su paso por este, cada vez más, decadente cuerpo. Del alma ni hablar porque si algún día existió, se fue y no a volver.

Seis meses (y contando) llevo en territorio australiano. Quisiera decir que muero por volver pero estaría mintiendo de nuevo. Amo el salario mínimo de 18 dólares (australianos) la hora. Amo la carne de canguro y la seguridad de que el clima no va a cambiar 40 veces el mismo día. Amo la amabilidad de la gente y la honestidad de sus mujeres al decirte que quieren cogerte, o que te vayas al diablo. Y no amigos, a la final no son lo mismo. Odio no poder conseguir comida ecuatoriana, aunque como cocinero que soy, debería poder lograrlo, pero el primer mundo carece de los ingredientes que sobran en el tercer mundo. Odio tener que cruzar las calles en las esquinas y solo cuando el semáforo lo permite. Odio no poder “dejar cuidando el puesto” en una fila.

La costumbre de ver el noticiero con los lentes empañados para filtrar la mierda que ahora llamamos “información”, se perdió. Casi no me entero de los sucesos del país que promociona “el sueño ecuatoriano” pues al momento estoy viviendo “el sueño australiano” que además viene libre de pesadillas, baches y de licor adulterado.
Es extraña esa sensación de sentir que nadie te va a matar para robarte el celular. De que el conductor del taxi no se va a pasar el semáforo en rojo. De que el paso cebra no es solo un par de líneas blancas que los autos se pasan por la raja. Esa extraña sensación de que te pagan lo justo y a tiempo. Esa extraña sensación de no ver (tantos) muertos en la tele ni en la calle. Esa sensación es, por decir lo menos, bastante placentera.

Ha sido muy sencillo, no el olvidar, pero sí el superar el “home sickness” que produce mi localización geográfica actual. Razones, más allá de faltarme, sobran. Y es irónico el mirar que dentro de ellas, las razones, no se encuentra una de las más importantes. Una razón de baja estatura. De esas que te desbaratan la estrategia, te alegran los sueños y te revuelven la lógica. De esas razones con voluntad propia.

Los amigos vienen y se van. Amistades que se miden en trimestres, pero que se despuntan hacia la eternidad (o la muerte del titular). Grande personas se han cruzado por mi corta estancia. Valiosas lecciones me han dejado, acompañadas de chuchaquis épicos. Y yo que pensaba que los ecuatorianos éramos buen trago.

El invierno y la primavera fueron gentiles con los momentos a recordar. El verano con sus 40 grados (centígrados y alcohólicos) vendrán para borrar los recuerdos que ellos inducen. Estamos a mitad del camino y apenas se siente como el inicio. 

Se vienen tiempos difíciles para el hígado. Que monesvol nos ayude.

lunes, 8 de octubre de 2012

De la Iglesia y otros demonios


Puede que yo sea de los pocos animales de la fauna quiteña que se salvo de que le regaran agua de las fuentes minerales de “Yisuscraist” en la cabeza mientras un cura me daba la bienvenida al reino del “Señor”. Por eso tengo que agradecerle a mis viejos el que me hayan dejado elegir el mejor camino para irme al infierno, según cualquier “padrecito”.

La iglesia católica romana, esa institución que afirma la existencia de un hombre invisible que vive en el cielo, que no es uno sino tres pero que tuvo un hijo que era él mismo, sigue siendo de las mayores influencias en la vida de la humanidad. De las mayores malas influencias en la vida de la humanidad.

Las iglesias de Quito, vistas desde un punto arquitectónico, son verdaderas obras de arte, así como lo son los templos Incas, que se encuentran sepultados bajo ellas. Como observamos, la democracia no estaba de moda en los tiempos de Pizarro. Por dentro, unas están bañadas en pan de oro. Otras, en canecas de pintura blanca marca “Condor”. Por fuera, todas están bañadas de sangre. Y de meados de borrachitos desde 1545 (año de nuestro señor).

En ellas ocurren los 8 sacramentos de la iglesia católica romana. Bautizos, eucaristías, primeras comuniones, confirmaciones, matrimonios, unción de enfermos, penitencia, y orden sacerdotal. Lo de la pederastia es un extra, por eso no está en la lista.

Siempre me ha intrigado la parte de la confesión. Todo lo que se diga en un confesionario queda entre el pecador y sacerdote. ¿Cuántos curas sabrán la verdad de los políticos corruptos que tienen que ir a “limpiar” sus conciencias para poder dormir de noche luego de haber cagado a medio país? ¿Cuántos sacerdotes con la confesión de asesinos que jamás serán arrestados? ¿Cuántos “padrecitos” sabrán de las violaciones de tipejos como ellos? Como si con dos padres nuestros y tres ave marías se pudiera devolverle la felicidad de los ahorros de toda una vida a una familia, o resucitar muertos. Aparentemente si “Yisus” pudo levantarse de entre los muertos a los 3 días y sin chuchaqui, ellos esperan que el resto haga lo mismo. O haga fila en la puerta de un Pedro que ha sido santo y portero.

Ahora la Eucaristía es algo que en verdad, más allá de tenerme sin cuidado, es algo que rompe las pelotas. Un desfile de gente que desea mostrarle a otros “más pecadores” que ellos, que son dignos del cuerpo y la sangre de cristo. Estoy seguro que el “Jotace”, no quiso decir eso cuando pronunció su famoso discurso en la última cena. Yo también comulgaría, pero primero que me cambien el menú de hostia y vino, por un sanduche de roast beef y una botella de Jack Daniel’s.

La primera comunión, es absurda en sí misma, puesto que los guaguas quienes fueron vestidos de angelitos por los orgullosos padres, solo andan pensando en la fiesta luego de salir de la iglesia. Eso de imponerle a un hijo una religión, es como obligarlo a que siga a tu mismo equipo de fútbol, que le guste tu música o que estudie lo que tú estudiaste. Y suele suceder que se cumple todo lo anterior. Organizan almuerzos carísimos para celebrar que la criatura (inserte foto de niño con peinado de lado, buso blanco cuello de tortuga sosteniendo una vela), se ha salvado de irse al infierno. La confirmación es lo mismo pero sin el almuerzo.
Del matrimonio no hay mucho que decir, porque la garantía del amor eterno solo te la dan las ollas de acero quirúrgico. El creer que al vestirse ella de blanco y él de negro (o el color de la temporada según Karl Lagerfeld) les dará una especie de burbuja irrompible frente a la vida, es menos que inocente. Es sencillamente una ilusión. Muy linda, cabe recalcar, pero ilusión a la final. Y eso de que anden botando arroz que bien podría ser usado como guarnición para un buen seco de pollo, me parece fatal. Peor aún lo del pastel de bodas. ¿En serio les gusta esa horrible torta? Si algún día me llevan al altar, prometo que todos comeremos cheesecake de frambuesa del sweet n’ coffee.

¿Qué decir de la orden sacerdotal? ¿Acaso el oficio (si se le puede decir oficio) de cura, está solo reservado para los hombres? ¿No que todos eran hijos de dios? Siempre saltará el personaje que diga ¿Y las monjas? Bueno, hasta la fecha no he visto una monja dar misa. Avísenme si ven alguna. Aparentemente solo puedes llevar la palabra de dios si tienes un pene. Punto.

Y en todos estos ritos, no faltan las frases aprendidas de memoria que los fieles deben repetir después de haber sido recitadas por un el man con la sotana. Todo es una repetición. No hay despertares de iluminación divina. La fé, jamás fue parte de la ecuación.

De haber un dios, créanme amigos, no hubiera escogido como su mayor representante a un hombre. En serio, la historia ha demostrado que las administraciones más eficientes son logradas por mujeres. O vayan a buscar una mujer que haya empezado una guerra mundial, una cruzada o si quiera una pelea de almohadas. Y de haber escogido a un ser humano, seguro no hubiera sido uno que vive con los mayores lujos, que viste con las mejores prendas y que además, encubre violadores de niños. Del hippie buena onda de Jesús, al “fotogénico” Joseph Ratzinger hay un abismo de diferencia.

La iglesia y el vaticano, están muy lejos de aquel humilde pesebre. Algo para pensar.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El título


Recuerdo con una risa atrapada en el silencio, a un profesor de mi universidad. El tipo daba clases de nutrición elemental pero varias veces nos dejó en claro que nos debíamos dirigir a él no como “profe” ni “licenciado” sino como “Doctor”. Como si le produjera un placer tácito el título que consiguió cuando la Paola Vintimilla fue reina de quito. Es decir, hace más de dos décadas. A ella, todos le seguirán diciendo “reinita” aunque su reino no es de este siglo. A él, le dirán doctor los que no se quieran jalar la materia. Doctores por millones, pero señores, pocos mi estimado catedrático.

Como el profe, hay muchas personas que necesitan de un título que le diga al mundo que ellos son “alguien” en la vida porque cruzaron una carrera de cuatro años, de los cuales asistieron tres. El otro lo invirtieron, como todo mortal, en amigos/as, farras, huecas, billares y demás antros de diversión que ofrece la carita de dios a sus post-bachilleres. Esa necesidad de creerse la gran huevada por dar un paso, que más que de superación, es casi de supervivencia en este planeta. Ing. Abg. Arq. Lcd. Econ. MBA. MED. DR. (Bullshit)

Sin ir más lejos, está el titulo de “bachiller”. Ahora me rio a carcajadas cuando recuerdo las palabras finales del discurso de fin de sexto curso de una amiga. “Compañeros, ¡lo logramos!”. En ese entonces aplaudí como foca de circo. Celebramos el logro más básico en la vida de un ser humano como si hubiéramos descubierto la cura contra el cáncer. Ahora me pregunto ¿Qué logramos?

¿Qué decir de las estimadísimas damas de la alta sociedad que adoptan como título el apellido del marido? Sí, esas viejas que asoman en revistas de sociedad y que son las que compran diez ejemplares de la misma revista para ponerla en todos los baños de la casa para que cuando sus invitados vayan a cagar, se enteren que están cagando en un baño “de alta sociedad”. Pero visto desde un punto de vista de intercambio comercial, ella por falta de méritos propios gana “respetabilidad” de un “buen apellido” y él gana otra posesión además de la casa, el carro, el barco y el perro. Perdón, el perro no porque el labrador jamás será “Firulais de …”

Títulos que van desde “hola, te presento a MÍ NOVIA” y que después (si el condenado no la caga) se transformarán en “hola, te presento a MÍ ESPOSA” como si el título que otorga el matrimonio fuese garantía de fidelidad. Es mayor la garantía que ofrece Chevrolet que la que ofrece el Alfa y Omega. Lo único que garantiza el matrimonio es más papeleo para cuando la cosa se vaya un poco para la mierda.

Muchas personas pasan sus vidas con un título como meta. Y tal vez yo también quiera acceder a uno algún día. Por el momento, me conformo con ser Alejandro a secas.

(O como putas quieran decirme).

martes, 11 de septiembre de 2012

Negro Asco


Suena la alarma. Son las 5 de la mañana del miércoles 12 de Septiembre del 2012, pero en Ecuador son las 4:30pm del martes 11 de septiembre. En media hora la “tri” se medirá al combinado uruguayo. Apago la alarma y prendo la laptop. Espero a que “Windows inicie” y mientras tanto me gana el sueño. Me despierto 1 hora después para ver el segundo tiempo del partido. Empieza a cargar la página donde veré el partido y me topo con un marcador insospechado. La tricolor está ganándole a Uruguay en su propia casa por el mínimo marcador. Me alegro y sigo viendo el partido. Falta obvia de Muslera a Benítez. Amarilla para Benítez por no fingir su caída. Todos duermen en casa pero me vale y le grito “¡Hijo de Puta!” al árbitro. Tres minutos luego llega el gol uruguayo. Una vez más, pero al universo en general “¡Hijueputa!”. Veinticinco minutos después se acaba el encuentro con un empate, 1 tarjeta roja para Valencia, 9 tarjetas amarillas en total, 12 puntos para Uruguay, 13 puntos para Ecuador, 14 millones de puteadas para el Chucho y 28 millones de puteadas para Amarilla.

Ingreso a twitter para enterarme de lo que la gente opinaba del partido. Quería leer en qué había fallado la selección. Quería información sobre el primer tiempo. Y lo primero que me encontré fue un tuit del usuario Carlos Álvarez Benalcazar que decía:

“@cravbenalc: gracias benitez x 2 ptos q faltaran al final de eliminatoria, negro asco! si culpas al arbitro del resultado eres mas loser q los chilenos”.

Y más tuits de otros usuarios de similares características.

¿Si el que hubiera comido los goles hubiera sido Saritama, le hubiera dicho “Blanco Asco”? ¿Osea que como Dominguez salvó un par de situaciones riesgosas sería un “Buen Negro”? Entonces según esa lógica Felipe Caicedo es un “Excelente Negro”.

No puedo creer que en lugar de ver camisetas amarillas, existan personas que ven piel negra y piel blanca. Sí, Benítez queda en deuda porque su trabajo es marcar goles y no lo hizo. ¿Quieren putearlo por malo? ¡Adelante! ¿Quieren criticarlo porque no desayunó y llegó al partido a comerse todos los goles que pudo? ¡Sigan! ¡Con mucho gusto! Pero que sus reclamos de un marcador de fútbol, sean de acuerdo al fútbol, y no a la raza.

Quieren un fútbol de nuevo milenio con pensamiento de señor feudal. Vamos parando un poco este tema. Va en serio.

En cuanto a lo de Amarilla, es un caso aparte. En facebook le dijeron ladrón. En twitter, le pusieron una profesión de cuestionable reputación a su mamá. De ahora en adelante se empezará a usar el dicho "Más puteado que Carlos Amarilla en 11 de septiembre". El Toño lo tomó de forma más tranquila y le dijo payaso. Yo solo pensaba en lo que hubiera pasado si Pepe Pancho hubiera seguido en la selección.

De la que te salvaste Amarilla.