miércoles, 3 de julio de 2013

It's a Holiday in Cambodia

No soy alguien que hace crónicas, pues prefiero la comodidad de escribir sobre lo que me rodea, en lugar de rodear lo que me sorprende. En fin, esta historia tiene su comienzo en un pequeño bar en la playa Ochetel de Sihanoukville en Cambodia.

Tengo un par de amigos en ese bar debido a que mi amiga Milena (con quien viajo al momento) ha estado en Cambodia un par de veces antes. Skybar, es el nombre del pequeño bar. La música suena mediante un playlist que está en la computadora del dueño, pero tras un par de cervezas puedes pedir canciones que tendrás que buscar tú mismo porque a pesar de tener un muy buen inglés, Yaya y Sharai, las 2 bartenders del lugar, no podrían distinguir entre “Highway to hell” de ACDC y “Torres Gemelas” de Delfín.

El bar tiene su barra con los licores que permanecen intactos en sus estanterías. Imagino que esa botella de Blue Saphire debe tener al menos 2 años sin que nadie haya ordenado un martini. Colores neutros alrededor del bar. Un par de cuadros pintados por niños del pueblo, una cocina que podría sencillamente ser clausurada en cualquier otro país, y un baño al que se accede a través de la misma son los escenarios en los que la noche se desenvuelve.

Son las 6 de la tarde del domingo, y se podría decir que es temprano para empezar a beber (o totalmente reprochable), pero con Milena venimos matando el chuchaqui desde la mañana a punta de Jim Beam y Coca cola. Llego al bar y me encuentro con ella y su interlocutor.

De entrada la escena se me hace familiar. Es impresionante la cantidad de sesenteros en adelante que vienen a Cambodia en busca de cerveza, cocaína y chicas jóvenes. Las tres bastante baratas cabe destacar. Pero el tipo se maneja con modales, con palabras apropiadas, con bromas inteligentes. Tiene que ser un escritor. Y un escritor no conocido, puesto que aún posee la humildad que la fama suele devorar.

Me presento y se presenta. “I’m from Ecuador”, “Where are you from?” le digo. “Originally from my mom, but lately from fuckin’ everywhere” responde. Yo río. Él rie. Milena rie. Todos reimos en el bar al compás de los jarros de cerveza. Se escucha “Salud” “Cheers” “Prost” y finalmente Yaya cierra el brindis con un bastante cambodiano “lok a mooi”.

Milena tiene hambre y su novio viene a buscarla para ir a comer. Ya tengo mucha biela encima como para pensar en comida. Les digo que estoy bien, y ambos se retiran en la moto de él. Llevan 3 días de conocerse y 1 de novios. Así de fácil es el amor en sihanoukville. Así de efímero. Así de eterno. Me quedo tomando cerveza con este personaje que cada vez se vuelve más interesante. Por el acento se le nota que viene de estados unidos. “I was working in California during the 60’s and the 70’s. I saw the rise and fall of many bands in these years son”. Ya van 6 cervezas en la cuenta de cada uno. Empiezo a armar un porro con un papel saborizado. “Rolling for me is not an option. I just got tired of rolling joints. I think it was 1990 when I decided I’m not rolling shit anymore, that’s why I always carry a pipe”. Sonrío. El tipo la tiene clara. Alternamos pitadas y proseguimos.

Vendió un negocio que tenía en Oregon y con su pensión viaja por el mundo. Sudamérica, Centroamérica, Norteamérica, Europa, Australia, y al momento el sud-este de Asia. Va en camino a Sri-Lanka. ¿En busca de qué? No me lo pregunten. Vive a razón de 900 dólares por mes. Osea 30 diarios. “10 for lodging, 10 for food, and 10 for fun” dice mientras ríe. Suena “Love me two times” en el bar y me cuenta de como puteó a The Doors en un concierto en el 70, justo un año antes de la muerte de Jim. “A name doesn’t make a show” me dice. Acabo de conocer a la primera persona que mando a Morrison a la verga. Me habló de como vió a Led Zepellin por 5 dólares. De un matrimonio que duró 4 meses. De los hijos que decidió nunca tener. Del surf en California y de como no soporta estar en Oregon más de 1 semana seguida. Deduzco que nació allí.

Al lado derecho de nuestra mesa está una pareja, que luego nos enteramos vienen de nueva Zelanda. Les calculamos unos 45 años a ella y 50 a él. El tipo no suelta su ipad y pasa la mayor parte de la noche en su celular. Ella enciende un cigarrillo tras otro diciendo cortas frases cada 10 minutos. Le comento el asunto a mi interlocutor. “She might be in company of a man, but dude, that girl is fuckin’ lonely right now”. Asiento con una sonrisa. La señora aun guarda encantos de su juventud. Como diría un amigo “está potable”. Ellos pagan la cuenta y se marchan. Ella sonríe cuando mi interlocutor le conversa un par de palabras. Su acompañante no. Se retiran y antes de preguntarle algo a mi amigo, él me dice “Life is what you make of it”. Me da la respuesta antes de hacerle la pregunta. Esta vez esa frase no me suena trillada.

El tipo cree en dios. No el católico, pero un dios más personal. Me recuerda a una canción de Depeche Mode. Me dice que apenas hace 1 mes descubrió a Bukowsky y que se identifica mucho con su estilo de vida, mas no con su forma de literatura. Me recita un par de poemas. Uno acerca de las drogas. Uno acerca del amor de una mujer. Uno acerca del dogma y el karma al cual tituló “My dogma bit the tires of my karma” y otro que por la borrachera que cargaba no recuerdo.

De pronto suena “Cocaine” en los parlantes del bar. “If there is one song I can’t stand is this one” me dice. Pregunto enseguida el por qué. “There were so many good coke songs, much better tan this one, but you know how media works”.  Decide, después de la octava cerveza, ir al baño. Se levanta y siente el golpe del alcohol. Finalmente puedo ver la pinta completa que carga. Sandalias de cuero, viejos y rotos shorts de jean, camisa hawaiana abierta, prominente barriga, barba legendaria que según me contó, la empezó a cultivar en el 64, año en el que graduó de la secundaria. Lo veo agacharse y agarrar un viejo bastón de madera. El tipo es una leyenda. Al regresar seguimos conversando de como han cambiado las cosas. La frase “Back in my day” antecede a todo tema. El cliché es la norma.

Le pregunto acerca de que es lo más sorprendente que ha vivido. Me dice “Well, through 70 years there are plenty of weird stories, but I’ll tell you the weirdest thing I saw here in Cambodia”. Me cuenta como vio en Cambodia a un policía completamente uniformado y en servicio entrar a un bar, agarrar un “bong”, pegarse 2 hits y luego regresar a dirigir el tráfico. Me habló de como conoció y tiró con una enfermera en un concierto de Jimi Hendrix en un hotel en las vegas. “The best fuck drug is not really cocaine” dice. “Nowdays it’s illegal and unpopular, but back in my day we could have a couple of morphine shots, and fuck for hours”. Si hasta ahora había una pequeña parte de mi persona que no había sido impresionada, pues ya no lo estaba más.

Vemos al reloj. Son apenas las 11. “Well son, it’s time for me to go to bed”. Mi noche apenas empieza pero su día ya termina. “Gotta wake up for my morning swim, and I’m pretty sure I’ll be hangover if I have 1 more beer”. Yo ya estoy a mitad del camino y no me da miedo recorrer la otra mitad. Así han sido los anteriores 30 días, así que no tiene sentido parar ahora. Se despide, y me comporto como groupie pidiéndole una foto. “You have no idea how many people do that. But it’s all right”. Me siento como un irritante fan, pero el tipo lo toma con muy buena onda. Me entrega su tarjeta la cual obviamente perdí por motivos antes mencionados. Un apretón de manos y desapareció al final del callejón de piedras cerca de la playa.

De aquel escritor solo me queda una gran historia, un e-mail, una fotografía y su segundo nombre.








“Stop looking for the key, and find yourself a hole”

            Bartholomew.

viernes, 31 de mayo de 2013

La Solución a la Ecuación de la Religión

El mundo occidental se ve regido por el cristianismo y sus ramificaciones. Entiéndase católicos, protestantes, evangelistas, testigos de jehová, entre las de mayor relevancia social. Difieren entre ellas en muchos detalles pero podemos estar de acuerdo en que el inicio y fin de su doctrina es acercarse, ser meritorio de, ganarse el amor de, regresar a, obtener la gracia de, sentir el amor de, el ser divino que se conoce comúnmente como dios. El mismo principio aplica para el Islam, el Hinduísmo, y el Judaísmo en el medio y lejano oriente. Un ser omnipotente y omnipresente. Algo así como Chuck Norris o Rafael Correa en sabatina.

Todo lo dicho hasta ahora es de dominio público. O al menos espero que lo sea. La parte innovadora del asunto es el siguiente.

A este ser dios se le piden favores o milagros, y a cambio de su gracia divina, el creyente reza y comparte su (no puedo ponerle otro nombre) alucinación, con su entorno social. El sistema se inculca de padres a hijos. En pocas palabras, se hace un intercambio “divino”. Creyente pide, dios concede a cambio de su fé.

Dado el principio básico de transacción celestial, pongo a su consideración el siguiente escenario. Pepito quiere sacarse la lotería, por lo que compra un billete de la misma. En su pueblo hay 3 templos. Una iglesia católica, una mezquita y un templo hinduista. Pepito va a cada una de ellas, y pide sacarse la lotería. Le reza a Jehová, a Mahoma y a Ganesh. Llega el día del sorteo, y gana el premio. ¿A cuál de las 3 deidades le atribuye “el milagro”?

Con esa pregunta que resulta ser la premisa del siguiente texto, doy a continuación una sencilla guía que le lanza un vistazo de forma objetiva al ritual de la oración. Al denominado “dios” usted puede reemplazarlo por el nombre de su deidad predilecta.

¿Cuánto tiempo tarda dios en realizar el favor?
El tiempo, entendiéndolo en minutos, horas, días, meses y años, será arbitrario. Dependerá del tamaño en importancia del favor, que puede ir desde 1 siglo para la paz mundial, a 1 semana para la mujer del vecino. Mientras más grande y complicado sea el favor, basándonos en un sistema de probabilidades, más tiempo tardará en ser concedido. Aunque muy de vez en cuando, sale doble cero en la ruleta.

¿Se conceden todos los favores pedidos?
No. Estadísticamente, es muy improbable por no decir imposible, que cada uno de los deseos de una persona se cumplan por obra divina. Según este razonamiento, se deduce que a menos favores pedidos, mayor cantidad de los mismos serán concedidos.

¿Cuál es la tasa de favores concedidos?
Dependerá de la dificultad de la obtención de los mismos, pero una apuesta numérica lógica, sería 50% concedidos, 50% no concedidos. Lo gracioso de esto, es que podríamos pedir los mismos favores a, digamos la luna, una estrella fugaz, un trebol de 4 hojas, el Norman Wray, el pulpo Paul o el árbol de chirimoyas del vecino, y las probabilidades siguen siendo las mismas. 50, 50.

¿Hay personas VIP en el salón de la oración?
Sí. Mientras más ingresos económicos, relevancia social y estética corporal (acorde al modelo impuesto por el colectivo) tenga una persona, mayores son sus probabilidades de recibir lo deseado. De ahí la relación entre figuras religiosas (cruces, rosarios, cuadros de la vírgen, escena de la última cena, presencia del “dios bendiga este hogar”, texto en el carro “dios es mi copiloto”, oración al final de un discurso “dios los bendiga”) y personas en la alta escala económica y social. Este comportamiento se imita por aquellos que intentan obtener los mismos beneficios que aquella persona “más afortunada” obtuvo. Pruebas alrededor de nosotros, más que suficientes.

¿Mientras más se rece, más probabilidades hay de que se conceda el favor?
Explicado de otra manera, existe la misconcepción de que mientras más se vaya a misa, mientras más padres nuestros se reciten, mientras más ave marías se recen, mientras más “penitencia” se haga, mientras “mejor ser humano” uno sea, el favor pedido será atendido con más urgencia. En pocas palabras, no. Así que tranquilo, usted puede dejar de ayunar por ese acenso en el trabajo. Tal vez la falta de energía en las mañanas, es lo que le está saboteando su propio “plan”.

Su elección (si tuvo la posibilidad de elegir a su “dios”) se ve marcada por su lugar de procedencia. Richard Dawkins expone que por el hecho de nacer en américa del norte, lo más probable es que usted sea cristiano. De haber nacido en Oriente medio, tal vez hubiera sido musulmán. Si su nacimiento hubiera ocurrido en la India, a lo mejor usted se encontraría en las filas del hinduismo. De haber nacido en la época dorada de Grecia, tal vez sus oraciones estarían dirigidas a Zeus. O hace 5000 años, pudo simplemente haber adorado a un volcán en erupción.  Y de todas maneras, las respuestas planteadas en este texto, serían las mismas sin importar su religión o época en la cual viviera.


Es por el sendero de la lógica, y no el de la fe, es que iremos hacia la verdad. No sé si llegaremos a ella, pero seguramente estaremos más cerca que quienes sigan rezando 5 padres nuestros al día.

viernes, 22 de febrero de 2013

El Quiteño


El quiteño no te molesta. Jode.
El quiteño no da besos. Da “muchas”.
El quiteño no se va de fiesta. Farrea.
El quiteño no está libando. Está chupando.
El quiteño no conoce el jueves. Conoce el “juernes”.
El quiteño no siente frío. Siente “pacheco”.
El quiteño no se enamora. Se “encamota”.
El quiteño no se “en-novia”. Se amarra.
El quiteño no trabaja. Camella.
El quiteño no se acaba de despertar. Se recuerda.
El quiteño no te engaña. Te mete el dedo. (Y si el engaño es grande, entonces te mete el dedo con guante de box)
El quiteño (taxista usualmente) no te fracciona el dinero en monedas de menor denominación. Te “descambia” el billete.
El quiteño no es un ser de grandes y admirables cualidades. Es “un chuchas”.
El quiteño no niega la posibilidad de realizar tal o cual acción. Te dice “ni cagando”.
El quiteño no “mira por ti”. Te “da viendo”.
El quiteño no está extremadamente cansado o físicamente desmejorado. Está “hecho verga”.
El quiteño no está borracho. Está “arando”.
El quiteño no reúne dinero junto a sus amigos. “Hace vaca”.
El quiteño no tiene relaciones sexuales. Remoja el bizcocho.
El quiteño no te da una golpiza. “Te saca la puta”.
El quiteño no te acompaña. Te “acolita”.
El quiteño no es chistoso. Es “un cague”.
El quiteño no te comprende. Te “cacha”.
El quiteño no es temerario. Es arrecho.
El quiteño no se encuentra en una fiesta de proporciones épicas. Anda en un “farrón”.
El quiteño no termina su relación amorosa. Corta.
El quiteño no se alimenta. “Jama”.
El quiteño no duerme. Ruca.
El quiteño no está tomando cerveza. Anda “bielando”.
El quiteño no viaja a los Estados Unidos. Se va a la “Yoni”.
El quiteño no tiene novia. Tiene pelada.
El quiteño no tiene resaca. Anda con “chuchaqui”.
El quiteño no se encuentra ocupado. Anda “a full”.
El quiteño no expresa incoherencias. Habla huevadas.

Y finalmente, el quiteño no es quiteño. Es quiteñofffff.


martes, 22 de enero de 2013

A ustedes les digo...


¡Hijueputas!

Se los vuelvo a repetir y en mayúsculas para que no crean que no es con ustedes.

¡HIJUEPUTAS!

Sí. Todos ustedes que andan por la vida olvidando nombres. Ustedes, quienes no les importa recordar. Por último usen los clásicos "amigo", "loco", "pana" o "compadre". Sí, ustedes son algo meritorio de analizar. Analizar y condenar porque es un verdadero crimen el deformar al lenguaje más hermoso del planeta tan solo porque ustedes no pueden decir “Pedro Ramirez”, “Fernanda Pérez” o “Larry Capija”.

Es peor aun cuando lo recuerdan, pero deciden no utilizarlo. A ustedes no les importa que  los taitas del individuo se hayan tardado 9 meses en ponerle un nombre. Y el decirlo no es ningún sinónimo de compadrazgo ni se ven más “cool”. Sépanlo.

Puede que esté exagerando, pero es lo único que me provoca contestarles sin importar que sean amigos de la infancia, conocidos, extraños o familiares.

¿Quieren verme en mal plan? Díganme otra vez “mijín”.

Hijueputas…

jueves, 17 de enero de 2013

Cocina Ecuatoriana: Luchando contra el tiempo y el conformismo


Curios que jamás escribí nada relacionado a la comida, más allá de estandarizar recetas y costear uno que otro menú. Hoy que me encuentro fuera del territorio patrio, habiendo experimentado una cocina totalmente ajena a mi cultura, he podido encontrar puntos de contraste y sobre todo, reflexiones en cuanto a la cultura gastronómica del ecuatoriano.

Este texto no pretende alabar la cocina nacional. Para eso están los noticieros de farándula, Mariaca y el ministerio de turismo. Yo les vengo a hablar de algo más real. De algo que más allá de preocuparme, me entristece. Les hablo del olvido. Y no solo como una consecuencia de la industrialización como respuesta a la transición urbana, sino como el, y vale ponerlo en mayúsculas, VALEVERGUISMO de la presente generación. Sencillamente, no nos importa aprender el proceso para un seco de chivo. Pensar en lavar el mondongo de una res nos da asco. Inclusive el hecho de ir al mercado por un buen filete de corvina lo vemos como una odisea. Pero somos los primeros en gritar la mañana de un domingo “¡Me muero por un ceviche!” o una fría tarde quiteña “¡Que ganas de unas chugchucaras!”.

¿Para qué aprender algo que puedo pagarlo? Muy buena pregunta. La respuesta vendrá de poco a poco. Mi generación, es decir los nacidos hasta los noventas, fuimos una generación con mucha suerte en el ámbito gastronómico. En el resto de “ámbitos” nos fue como el perro (por no decir como la verga), pero refiriéndonos al asunto alimenticio nos fue bastante bien. Somos la última generación que va a comer fanesca en casa de la abuela. Somos la última generación que tomará colada morada fabricada por toda la familia. Nosotros aún podemos ir a nuestros abuelos a preguntar la receta de tal o cual plato y ellos nos la recitarán con la facilidad con la que el cura da misa, el profesor da cátedra o el presidente da lata. Los que vengan luego de nosotros (por nuestra culpa) tendrán que buscar estos platos no en casa de sus abuelos sino en restaurantes o huecas. Punto. Y todos sabemos que como la comida de la abuela de uno, no hay.
Y hablo de las abuelas porque nuestros abuelos se dedicaban a trabajar y a beber. Punto. Las abuelas, las mujeres de nuestro país son las guardianas de las recetas que ahora conforman “la cocina típica” ecuatoriana. Si a ellas les hubiera dado lo mismo, hoy solo tendríamos la cultura alcohólica que heredamos de nuestros viejos. Buen trago y punto. ¿Imaginan una cerveza sin ceviche? ¿Una noche de farra sin agachaditos? ¿Un chuchaqui sin encebollado? ¿Un maito sin chicha? Dificil. Dificil y feo. Como un café sin tabaco. Como un whisky sin hielo. Como Holmes sin Watson. Como un polvo sin amor. Se puede y se disfruta, pero para que la experiencia esté completa, deben ir uno de la mano del otro.

Yo podré cocinar para los hijos y los nietos que aun no tengo, porque es mi profesión. Pero para un triste abogado, una silvestre economista, un arquitecto o un ingeniero, estos placeres (que muchas veces son pesadillas también) solo serán cosas “del pasado”. Yo amo mi cocina, mi comida típica. No por un patriotismo de esos que más allá de enorgullecer a un pueblo lo vuelven irremediablemente amargo. La amo porque crecí con ella. Con sus diferentes sabores. Con sus texturas. Con su infinidad de productos. Con sus porciones extremadamente exageradas. Con su falta de higiene en la preparación. Con sus intérpretes que para saber si estaba listo o no, metían la misma cuchara chupada 10 veces en la olla. Con sus huecas construidas con caña, o ladrillos robados de la construcción vecina.

La manera en que se cocina está cambiando en Ecuador. Pueden darle las gracias al Carlos Gallardo por la titánica labor que realiza con el rescate de los sabores del Ecuador. Yo por mi parte le agradezco a Esteban Tapia, un gran maestro de la cocina y de la vida. A Pablo Cruz, profesor y cocinero de primera. A Marco Pierre White, que a través de sus libros me incentiva a seguir para adelante. A Sarah Mills, la primera cocinera inglesa que tiene una sonrisa las 24 horas del día. Y al Diablo, que formó gran parte de mi carácter como cocinero. No es satanás, su nombre es Matt el’Diablo, y es el Chef de cabeza del lugar donde trabajo desde hace 8 meses. Aunque a veces sí puede ser realmente el demonio.

Volviendo al tema, no porque un producto sea “made in Ecuador” debemos consumirlo por patriotismo. Estoy totalmente en contra de esa estúpida ideología. Debemos consumir un producto porque es bueno, sin importar de donde venga. Hace poco leía que se debe dejar de juzgar al cine ecuatoriano como cine ecuatoriano y empezar a juzgarlo como cine. Punto. Lo mismo va para la cocina nacional. Dejemos de juzgarla dentro del ámbito “comida típica” y juzguémosla como lo que es: comida. Punto. Trabajemos en ella. Volvámosla internacional. Dejemos de poner “el Chimborazo” de arroz para acompañar una triste pierna de pollo. Dejemos la guarnición de pan y papas si el plato ya tiene fideos o arroz. Llevémosla a recorrer el mundo. Tenemos puntos muy fuertes dentro de la comida nacional, y mucho camino por delante. Si queremos que un plato ecuatoriano sea mundial, primero hagámoslo bien. Sino, mejor sigamos comiendo guatita en un sitio horrendo con probabilidad de contraer una intoxicación por alimentos. Y recemos porque los turistas quieran probar lo mismo.

Yo quiero ver restaurantes de cocina ecuatoriana en otros países, con igual o mejor calidad que los restaurantes de especialidades de aquellos países que se encuentran en Ecuador. Depende de nosotros dentro de 10 años seguir encontrando “huecas de comida típica” o restaurantes de comida ecuatoriana en otros rincones del planeta.

Si un puto “fish n’ chips” puede conquistar países como Australia, Inglaterra o Estados Unidos, mucha más oportunidad tiene de triunfar una cazuela manaba de pescado. Garantizado.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Navidad en UIO


El hogar del habitante de la ciudad de Quito, en el mes de diciembre, cambia su look tradicional (sea cual fuere el mismo) por uno más apropiado a las fechas venideras. Se quita la bandera del real madrid y la de la “franciscana” ciudad de Quito, junto con la bota que guarda los restos del vino no bebido en la Tomás de Berlanga y el sombrero heredado del abuelo. Todos estos adornos van de vuelta al closet, de donde emergen adornos más “romano-escandinavos”. En pocas, guardan el kit “plaza de toros” y sacan el árbol de navidad y el pesebre.

Del árbol de navidad no hay mucho que decir más allá de que no es un pino sino un ciprés de precio regateado en los parqueaderos del parque de la carolina, o uno de plástico comprado en tiendas de estilo SUKASA o ferrisariato. Estudios indican que el regateo es una técnica inútil en los segundos.

Al mismo se lo coloca en la parte más vistosa de la sala, o en aquella esquina que aun conserva la mancha negra que dejó el mini incendio provocado por el tío alcohólico hace 2 fiestas de Quito. Usualmente lleva luces de color amarillo (las cuales son desatadas por los integrantes más jóvenes de la familia, ya que la matriarca no quiere arruinarse el manicure) y que van bien con el color blanco-hueso de las paredes. Estas mismas luces vienen con un parlante que toca las canciones más representativas de la navidad en el tono musical más insoportable que los fabricantes pudieron encontrar. Parlante, cabe destacar, que funcionará a pesar de que noventa y nueve de las cien putas lucecitas no funcionen. Se lo decora con bombillos hechos del mismo material del que están hechos los recuerdos felices de un amnésico, y se lo corona con una estrella (generalmente dorada) de seis puntas en el caso de los católicos, de cinco e invertida en el caso de los satánicos, o de tres en el caso de los que tiene un mercedes-benz.

El nacimiento o pesebre, es una representación en miniatura del nacimiento de Jesús en Belén, y por lo tanto lleva todos los elementos de tal evento. Tradicionalmente se lo revestía de musgo natural, pero desde que su uso fue prohibido en el año 2004 debido a razones ecológicas (así como el uso de la hoja de palma en semana santa o del cerebro en época de elecciones) se lo realiza con los pedazos pintados de los periódicos que rompe el presidente en sus sabatinas, o en su defecto con materiales sintéticos. Todo pesebre quiteño que se respete deberá tener las figuras de José con la barba de Tom Hanks en Naufrago y la de María con túnica color “celeste azulejo de piscina pública” y mirada perdida en el cielo. Así mismo, Jesús más conocido en la fauna de la capital como “el niñito dios” tendrá ojos azules, cabello rubio, un pañal blanco (por eso de la censura católica) y se encontrará en la mitad de la Meri y el Pepe. Detrás de ellos, respectivamente, estarán dos figuras de animales. No me refiero a Fabián Alarcón y a Osvaldo Hurtado, sino al asno y al buey. Luego tenemos a los reyes magos quienes son ubicados en fila india y van a pie a llevarle regalos a Yisus. Se los solía ver montados en sus camellos, pero por eso de la crisis ahora usan el trolebús o van a pie. A pesar que en ninguna parte de la biblia se indican sus nombres, ni que fuesen reyes, ni que fueran tres, usualmente se los conoce como Melchor, Gaspar y Baltazar. Para completar el nacimiento se hace el clásico “lago de los cisnes” con un pedazo de espejo o un trozo del papel aluminio en el cual estaba envuelto el pedazo de pizza que sobró del martes.

El resto de la casa se la revestirá de verde y rojo, y Kiko Gutierrez creerá que es apoyo para Sociedad Patriótica.

La novena se reza rápidamente para poder comentar los acontecimientos de la última novela brasileña de Ecuavisa (porque siempre hay una). Los centros comerciales se vuelven expendios de paz espiritual a 12 meses sin intereses, y de tranquilidad de conciencia con 2 meses de gracia. De repente, la mayor fiesta católica del mundo se transforma en la mayor transacción monetaria de las jugueterías y el mensaje del mesías se va un poco a la mierda.

La noche del 24 de diciembre es la más larga para los guaguas quiteños que nacieron con estrella sobre su cabeza, y una más de muchas noches frías para los que la única luz que los ilumina es la de un semáforo. Esa misma noche en la que la ciudad huele a pavo horneado y a ciprés muerto, los padres sacan los regalos que los tendrán endeudados durante el primer semestre del siguiente año y los colocan bajo el cadáver del árbol de la sala.

Al día siguiente se abren los regalos, se come el recalentado del infeliz pavo y se ve “La Pasión de Cristo” por décima quinta vez.

Y finalmente llega mi día favorito de diciembre, es decir el 26. Día en que finalmente puedo decir “A la mierda los pastores, se …” (Yo sé que ustedes en sus mentes la completaron, y también se alegraron).

martes, 27 de noviembre de 2012

Cartas desde Australia


Carta #1

Hace mucho tiempo que no escribo nada. Quisiera decir que “nada” ha sucedido en los últimos meses, y atribuirle mi falta de inspiración a esa palabra, pero estaría mintiendo pues “nada” solo les pasa a las mujeres cabreadas con el esposo y a los impotentes antes de la faena.

Sería más sincero el decir que han sucedido muchas cosas que por la falta de tiempo y el exceso de licor, se han quedado atrapadas en la mente de este servidor sin encontrar las palabras adecuadas para ser plasmadas en un texto coherente. Y cabe destacar que este no lo es.

Quisiera hablar de todas esas cosas que han sucedido pero no tengo suficientes minutos en la noche, por lo que me limitaré a un par de cuestiones que me han venido dando vueltas en la cabeza últimamente, fruto de las pocas neuronas que el buen licor a indultado en su paso por este, cada vez más, decadente cuerpo. Del alma ni hablar porque si algún día existió, se fue y no a volver.

Seis meses (y contando) llevo en territorio australiano. Quisiera decir que muero por volver pero estaría mintiendo de nuevo. Amo el salario mínimo de 18 dólares (australianos) la hora. Amo la carne de canguro y la seguridad de que el clima no va a cambiar 40 veces el mismo día. Amo la amabilidad de la gente y la honestidad de sus mujeres al decirte que quieren cogerte, o que te vayas al diablo. Y no amigos, a la final no son lo mismo. Odio no poder conseguir comida ecuatoriana, aunque como cocinero que soy, debería poder lograrlo, pero el primer mundo carece de los ingredientes que sobran en el tercer mundo. Odio tener que cruzar las calles en las esquinas y solo cuando el semáforo lo permite. Odio no poder “dejar cuidando el puesto” en una fila.

La costumbre de ver el noticiero con los lentes empañados para filtrar la mierda que ahora llamamos “información”, se perdió. Casi no me entero de los sucesos del país que promociona “el sueño ecuatoriano” pues al momento estoy viviendo “el sueño australiano” que además viene libre de pesadillas, baches y de licor adulterado.
Es extraña esa sensación de sentir que nadie te va a matar para robarte el celular. De que el conductor del taxi no se va a pasar el semáforo en rojo. De que el paso cebra no es solo un par de líneas blancas que los autos se pasan por la raja. Esa extraña sensación de que te pagan lo justo y a tiempo. Esa extraña sensación de no ver (tantos) muertos en la tele ni en la calle. Esa sensación es, por decir lo menos, bastante placentera.

Ha sido muy sencillo, no el olvidar, pero sí el superar el “home sickness” que produce mi localización geográfica actual. Razones, más allá de faltarme, sobran. Y es irónico el mirar que dentro de ellas, las razones, no se encuentra una de las más importantes. Una razón de baja estatura. De esas que te desbaratan la estrategia, te alegran los sueños y te revuelven la lógica. De esas razones con voluntad propia.

Los amigos vienen y se van. Amistades que se miden en trimestres, pero que se despuntan hacia la eternidad (o la muerte del titular). Grande personas se han cruzado por mi corta estancia. Valiosas lecciones me han dejado, acompañadas de chuchaquis épicos. Y yo que pensaba que los ecuatorianos éramos buen trago.

El invierno y la primavera fueron gentiles con los momentos a recordar. El verano con sus 40 grados (centígrados y alcohólicos) vendrán para borrar los recuerdos que ellos inducen. Estamos a mitad del camino y apenas se siente como el inicio. 

Se vienen tiempos difíciles para el hígado. Que monesvol nos ayude.